Hay días en que nuestra atención parece tener un extraño talento para detenerse justamente en aquello que falta.
Pensamos en lo que todavía no conseguimos, en lo que salió mal, en la conversación que nos incomodó, en el problema que debemos resolver o en aquello que esperábamos que fuera diferente y casi sin darnos cuenta, podemos terminar construyendo el relato de nuestra vida alrededor de lo que no tenemos. Esto sucede porque tu cerebro está programado biológicamente para encontrar las amenazas mucho mas rápido que las recompensas.
Pero ¿qué pasaría si cambiáramos la pregunta? y en lugar de preguntarnos qué falta, preguntarnos: ¿qué hay? Quizás ahí es donde comienza la gratitud.
Agradecer puede parecer sencillo, decir gracias, reconocer un gesto, valorar a alguien, pero la gratitud puede ser mucho más que una reacción ante algo bueno que nos ocurre, puede convertirse en una forma de habitar la vida, y esto no significa pensar que todo está bien.
Podemos estar preocupados y agradecer que alguien nos acompañe, podemos sentir miedo y, al mismo tiempo, reconocer que tenemos posibilidades, podemos atravesar un momento difícil y encontrar, aun así, una pequeña razón para sonreír.
La gratitud no niega lo que duele, amplía la mirada para que el dolor no sea lo único que vemos. Vivimos, además, en una cultura que constantemente nos recuerda aquello que debemos alcanzar: la próxima meta, el próximo viaje, el próximo logro, como si nuestra vida comenzara cuando consigamos algo más y mientras esperamos ese “algo más”, podemos pasar demasiado rápido por nuestra propia vida y no considerar que ya podemos tener todo lo que necesitamos.
La gratitud nos invita a detenernos, a mirar la conversación que tuvimos, el abrazo que recibimos, la persona que está, la posibilidad de comenzar nuevamente, una mañana tranquila, una taza de café, una canción, una caminata, incluso esas pequeñas cosas que hemos dejado de mirar porque se volvieron habituales.
Quizás el verdadero desafío sea dejar de dar por sentado lo que tenemos, porque muchas veces descubrimos el valor de algo cuando ya no esta y agradecer nos permite reconocerlo antes, cuando si lo tenemos. Por eso, la gratitud es considerada como una emoción de alta vibración, porque existe evidencia de que practicarla favorece el bienestar emocional, fortalece las relaciones y aumenta la percepción de aspectos positivos de la vida.
No se trata de obligarnos a ser positivos todo el tiempo, negando, minimizando o invalidando emociones difíciles. Se trata de aprender a sostener más de una verdad a la vez: puedo estar pasando por un momento difícil y también puedo encontrar algo por lo que agradecer. La gratitud no siempre cambia las circunstancias, pero puede cambiar la manera en que habitamos la vida.
Un pequeño ejercicio para esta semana
Antes de dormir, toma dos minutos y escribe tres cosas por las que agradeces ese día, pero hay una condición: intenta que sean cosas concretas y diferentes cada día. No escribas simplemente “mi familia”. Escribe: “Agradezco la conversación que tuve hoy con mi hija”. No escribas “mi trabajo”. Escribe: “Agradezco que hoy alguien reconociera mi esfuerzo”. Durante una semana, busca lo pequeño.
Porque cuando entrenamos la mirada para reconocer aquello que sí está, empezamos a descubrir que nuestra vida cotidiana contiene mucho más de lo que solemos ver. Agradecer no significa tener una vida perfecta, es aprender a apreciar la vida que si tenemos.
