El vacío que enfrentamos cuando sabemos que el cambio es inevitable.
Hay una pregunta que aparece una y otra vez cuando estamos al borde de un cambio importante: ¿por qué, si sé que algo ya no me hace bien o no me representa, me cuesta tanto soltarlo?
La respuesta rara vez está en lo que queremos dejar, no nos aferramos a un trabajo, una relación, una forma de vivir o una historia personal porque sean perfectos, nos aferramos porque, de algún modo, ahí construimos una identidad y eso nos ancla, nos da sentido de realidad. Es como decir, se quien soy en este lugar, en esta relacion, en estas dinámicas y cuando me abro a algo nuevo dejo de sentir esa seguridad, al menos por un tiempo.
Nuestra mente prefiere una certeza incómoda antes que una incertidumbre llena de posibilidades. Lo conocido nos da la ilusión de seguridad, incluso cuando nos limita. Es un territorio familiar, sabemos quiénes somos ahí, sabemos cómo actuar, sabemos qué esperar.
Pero crecer tiene un precio: aceptar que la identidad que nos permitió llegar hasta aquí no siempre es la que nos llevará al siguiente capítulo. Se trata de ser leal a tu futuro, no a tu pasado, pero ahí aparece una emoción muy incómoda “el miedo”.
El miedo a perder el control, a decepcionar, a equivocarnos, a dejar de ser quienes los demás esperan que seamos. Incluso el miedo a descubrir que somos mucho más de lo que nos hemos permitido creer o nos han permitido creer los demás, porque no siempre estamos preparados para sostener la grandeza, la disciplina y la excelencia que exigen los grandes cambios.
Por eso, antes de cualquier transformación, la vida suele invitarnos a mirar de frente aquello que evitamos, no para castigarnos, sino para mostrarnos el lugar exacto donde seguimos sosteniendo una identidad que ya quedó pequeña.
Quizás el verdadero desafío no sea aprender a cambiar, sino más bien permitir que el cambio llegue sin resistirnos, sino confiando mientras una parte de nosotros muere simbólicamente para dar lugar a otra, porque soltar no significa perder quién eres, significa dejar de sostener una versión de ti que ya cumplió su propósito.
Y entonces la pregunta cambia de: ¿qué tengo que dejar atrás? a ¿quién sería yo si dejara de vivir desde el miedo y comenzara a habitar la persona que estoy llamado a ser? Y eso es PROPOSITO.
