Vivimos en una época donde la ansiedad parece haberse convertido en la villana oficial de la salud mental. “Tengo ansiedad” es algo que se escucha en conversaciones cotidianas, en redes sociales, en oficinas, en colegios y hasta en reuniones familiares, y aunque es cierto que puede transformarse en un problema serio cuando invade toda la vida, también es importante recordar algo que solemos olvidar: la ansiedad, en sí misma, no es mala, de hecho, es una emoción necesaria.
La ansiedad es un mecanismo natural del ser humano, es la manera que tiene el cuerpo de prepararse para responder. Es la alarma interna que se activa cuando percibimos un desafío, una amenaza o algo importante para nosotros. Gracias a ella estudiamos para una prueba, reaccionamos rápido ante un peligro o nos preparamos antes de una entrevista laboral o una reunión importante. Sin ansiedad, probablemente viviríamos con una peligrosa falta de atención frente a los riesgos.
El problema aparece cuando esa alarma queda encendida todo el tiempo, ahí la ansiedad deja de ser una emoción útil y comienza a tomar el control. Lo que antes ayudaba a anticiparse o protegerse, empieza a paralizar, agotar y generar sufrimiento. Pensamientos repetitivos, dificultad para relajarse, insomnio, sensación constante de preocupación o incluso síntomas físicos como palpitaciones, tensión muscular o falta de aire son algunas de las señales más frecuentes de que la ansiedad podría esta dominando tu vida o configurándose como un trastorno, haciéndose necesaria la ayuda terapéutica.
La organización mundial de la salud estima que hoy 1 de cada 23 personas vive con un trastorno de ansiedad y aunque las cifras impresionan, también reflejan algo profundamente humano: todos somos vulnerables emocionalmente. Sin embargo, en el intento de sentirnos siempre bien, muchas veces caemos en la idea equivocada de que existen emociones “buenas” y emociones “malas”. Queremos alegría permanente, calma constante y motivación infinita. Pero la vida emocional no funciona así ya que todas las emociones son necesarias y cumplen una función.
La tristeza ayuda a procesar pérdidas; El miedo protege; La rabia pone límites y la ansiedad prepara. Negar las emociones no las elimina, solo hace que aparezcan de formas más intensas o silenciosas. Por ende, el desafío no es “eliminar” la ansiedad, sino aprender a escucharla sin obedecerle ciegamente.
La ansiedad no puede evitarse por completo —ni debería— pero sí existen formas cotidianas de relacionarnos mejor con ella. Pequeños hábitos que ayudan a que esa alarma interna no permanezca encendida todo el tiempo. Estar verdaderamente presentes es uno de ellos, ya que la ansiedad vive en el futuro, adelantada, imagina escenarios, anticipa problemas, ensaya conversaciones que todavía no existen. Volver al presente, incluso en cosas simples —caminar observando el entorno, comer sin mirar una pantalla, respirar con atención unos minutos— puede ser una forma de recuperar equilibrio.
También ayuda bajar el ritmo en una época que premia la hiperexigencia. Dormir bien, moverse, tener momentos de pausa y conversar honestamente con otros, siguen siendo actos más terapéuticos de lo que muchas veces creemos. No se trata de vivir en una calma perfecta. Se trata, más bien, de no quedar atrapados dentro del ruido mental.
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