¿Pueden nuestras creencias influir en nuestro cuerpo?
Que pensarías si te dijera que muchas de las decisiones que tomas cada día no son realmente conscientes y que las creencias que absorbiste durante tu infancia tienen una poderosa influencia sobre ti. Las creencias o ideas arraigadas que tenemos sobre nosotros mismos, los otros y la vida, moldean la forma en que pensamos, sentimos y actuamos pudiendo llegar a afectar nuestro bienestar emocional e incluso nuestra salud física y aquí surge una pregunta interesante: ¿pueden nuestras ideas llegar a influir en nuestra biología?
En 2005, el exinvestigador en biología celular Bruce Lipton publicó su exitoso libro La biología de la creencia, basándose en sus investigaciones sobre células madre y epigenética (disciplina que estudia cómo el ambiente puede influir en la expresión de nuestros genes) planteo que el entorno desempeña un papel importante en el funcionamiento de nuestras células.
Posteriormente, Lipton amplió esta idea al comportamiento humano. Según su propuesta, nuestros pensamientos y, especialmente, nuestras creencias forman parte del entorno interno que influye en cómo respondemos al mundo. Si bien algunas de sus conclusiones han generado debate dentro de la comunidad científica, sí existe evidencia de que nuestras experiencias, emociones y el estrés pueden afectar procesos biológicos relacionados con la salud.
Muchas de nuestras creencias no las elegimos conscientemente. Durante la infancia absorbemos información de nuestros padres, el colegio, nuestra cultura y los grupos a los que pertenecemos. En esos primeros años, el cerebro pasa gran parte del tiempo en un estado de alta receptividad, lo que facilita que muchas ideas queden profundamente arraigadas y luego funcionen como patrones automáticos.
Las creencias que tienes sobre ti mismo, las relaciones, el dinero, el amor o el éxito no aparecieron de forma espontánea. Son, en gran medida, el resultado de lo que aprendiste y experimentaste mientras crecías y aunque muchas de ellas pueden ser empoderadoras, otras pueden convertirse en un límite.
Imagina que creciste en un ambiente donde el dinero siempre estuvo asociado a conflictos, carencias o preocupaciones. Es posible que, sin darte cuenta, desarrolles una relación de alerta frente a todo lo relacionado con él y por ende tus respuestas fisiológicas se vean influidas por este estresor interno.
Aunque racionalmente quieras ganar más o emprender nuevos proyectos, una parte de ti puede reaccionar con miedo, inseguridad o evitación. Así, puedes terminar alejándote de oportunidades y preguntándote por qué, a pesar de tus esfuerzos, el dinero parece no llegar o desaparecer rápidamente.
Entonces cambiar una creencia implica más que pensar distinto, no consiste únicamente en repetir una frase positiva, también implica observar cómo responde el cuerpo. Por ejemplo, piensa en la idea: “El dinero llega a mí con facilidad gracias al valor que entrego.” ¿Qué sucede en tu cuerpo? ¿Sientes tranquilidad o aparece tensión, ansiedad o incomodidad?
Las respuestas corporales pueden indicar qué tan arraigada está una creencia. Cuando comenzamos a cuestionar esas ideas limitantes y las reemplazamos por otras más funcionales, también cambia nuestra manera de actuar y nuestro estado de bienestar, pues el cerebro comienza a interpretar que no estamos en peligro, y así podemos identificar oportunidades, encontrar soluciones o pensar con claridad.
Una reflexión final, quizás nuestras creencias no cambien directamente nuestros genes, pero sí pueden influir en nuestras emociones, nuestras conductas y nuestras respuestas fisiológicas. Y cuando esas respuestas se mantienen en el tiempo, terminan impactando nuestra salud, nuestras decisiones y la calidad de vida que construimos, así que aprender a revisar las creencias con las que interpretamos nuestra realidad, puede ayudarnos enormemente a elegir como queremos vivir nuestra vida.
