Comparación con otros, redes sociales y presión por cumplir hitos antes de cierta edad.
Hay una sensación cada vez más extendida, aunque pocas veces se dice en voz alta: la de estar llegando tarde a la propia vida. A cierta edad deberíamos tener pareja, a otra, hijos, a los treinta una carrera encaminada, una casa, estabilidad económica y, si es posible, alguna inversión que demuestre que hemos hecho las cosas bien. Si algo de esa lista falta, aparece la inquietante pregunta: ¿estaré atrasado?
El problema no radica en lo que has logrado o no sino en la comparación que haces de tu vida con la de los demás, como si la vida fuera una carrera donde lo único que importa es llegar a la meta y ojalá en los primeros lugares. Pero la vida no tiene un calendario oficial, no existe una edad correcta para enamorarse, cambiar de profesión, tener hijos, comprar una casa o comenzar de nuevo. Sin embargo, vivimos rodeados de calendarios imaginarios.
Las redes sociales han intensificado esta sensación, basta abrir el teléfono para encontrarnos con alguien que se casó, tuvo un hijo, compró una casa, emprendió un negocio, consiguió un ascenso o se fue a vivir al extranjero. En pocos minutos podemos recorrer decenas de vidas aparentemente resueltas y aunque en el fondo sabemos que estamos viendo solo una selección cuidadosamente editada de la realidad, emocionalmente la comparación suele ganar.
Lo curioso es que no comparamos nuestra vida completa con la vida completa de los demás, comparamos nuestros momentos de incertidumbre con los momentos de éxito que otros decidieron mostrar y eso es un sesgo que solo nos trae sufrimiento y frustración.
A esto se suma una cultura que ha convertido los hitos personales en indicadores de rendimiento, ¿A qué edad lograste esto? ¿Cuánto ganas? ¿Dónde vives? ¿Tienes pareja? ¿Tienes hijos?, hay conversaciones que parecen más una entrevista laboral que otra cosa, incluso la felicidad parece haberse transformado en una lista de objetivos que deberíamos completar antes de cierta edad.
Entonces la pregunta más importante no es si estamos atrasados, sino ¿atrasados respecto de qué? La idea de que todos debemos recorrer el mismo camino al mismo ritmo es, en el fondo, una ficción. Hay personas que encuentran su vocación a los veinte y otras a los cincuenta. Hay quienes forman una familia temprano y quienes nunca lo hacen. Algunos alcanzan estabilidad económica jóvenes; otros atraviesan años difíciles antes de encontrarla. Ninguna de esas trayectorias es necesariamente mejor, son solo diferentes.
La comparación puede ser útil cuando nos permite crecer y evolucionar, pero no cuando transforma la vida en una carrera contra personas que ni siquiera están corriendo la misma maratón que tú.
Crecer también consiste en abandonar algunos relojes ajenos, entender que una vida no pierde valor porque haya comenzado una etapa más tarde, que cambiar de rumbo no significa fracasar y que detenerse para recobrar energía no es necesariamente quedarse atrás.
El verdadero riesgo no es llegar tarde a los hitos que otros esperan de nosotros, sino llegar demasiado rápido a una vida que nunca elegimos y tu vida es solo tuya, así que poder diseñarla a tu modo, es tu libertad.
