Hay nombres que en Chile todavía emocionan: el Instituto Nacional, el Liceo de Aplicación, el Liceo 1 Javiera Carrera, el Internado Nacional Barros Arana. Durante décadas, esos establecimientos fueron la puerta de entrada a la clase media para hijos de obreros, empleadas domésticas y campesinos. Nada era gratis, pero el esfuerzo alcanzaba. Hoy esa historia parece cada vez más lejana. Y la pregunta urgente es: ¿se puede recuperar ese ascensor social, o sólo nos queda la nostalgia?
Los datos hablan con dureza. El informe de la Agencia de Calidad de la Educación (2022) muestra que la brecha de resultados en la PAES entre establecimientos emblemáticos y colegios particulares pagados se ha ampliado sostenidamente desde la reforma de 2015. Paralelamente, estudios de Valenzuela et al. (2014) documentan que la política de eliminación de la selección académica, aunque bien intencionada en términos de equidad, no vino acompañada de recursos diferenciados ni de un modelo pedagógico alternativo para abordar la mayor heterogeneidad de las aulas. Se sacó la selección sin poner nada equivalente en su lugar. La neuroeducación ilumina parte del problema. Hattie (2009), en su monumental meta-análisis de más de 800 estudios, identifica que uno de los mayores efectores sobre el aprendizaje es la expectativa del docente y el nivel de desafío cognitivo sostenido. Cuando un liceo pierde su cultura de excelencia —la presión positiva de los pares, el orgullo institucional, los docentes que eligen estar allí— no sólo bajan los puntajes; se erosiona la identidad que hacía del esfuerzo un valor en sí mismo. Eso no se recupera con más infraestructura física.
Los Liceos Bicentenario, creados con la idea de recuperar esa tradición de excelencia pública, han mostrado resultados promisorios, pero extremadamente desiguales. Un estudio de Hernández y Paredes (2021) detectó que su éxito depende críticamente de la presencia de equipos directivos sólidos y de una red de apoyo institucional continua. Donde esos elementos están, los resultados mejoran. Donde no, el sello ‘bicentenario’ es apenas una placa de bronce. La propuesta que emerge de la evidencia no es romanticismo elitista. Es reconocer que los liceos de excelencia pública necesitan trato diferenciado: dotaciones docentes reforzadas, financiamiento por alumno más alto, autonomía pedagógica real y sistemas de acompañamiento para los estudiantes que provienen de hogares más vulnerables. La mezcla virtuosa entre exigencia y soporte es la única que produce movilidad social real y sostenida. No es una concesión a la desigualdad; es combatirla con inteligencia.

Chile no puede darse el lujo de dejar morir sus liceos emblemáticos. Son una de las pocas instituciones donde todavía cabe pensar que el talento y el trabajo pueden más que el apellido. Perder eso no es sólo una tragedia educativa: es una derrota cultural.
Columna de El Húsar Portaliano
Referencias
Agencia de Calidad de la Educación. (2022). Informe resultados nacionales PAES 2022. Mineduc.
Hattie, J. (2009). Visible learning: A synthesis of over 800 meta-analyses relating to achievement. Routledge.
Hernández, M., & Paredes, R. (2021). Liceos Bicentenario: Una evaluación de impacto. Revista de Políticas Educativas, 14(2), 45–68.
Valenzuela, J. P., Bellei, C., & De los Ríos, D. (2014). Socioeconomic school segregation in a market-oriented educational system. Journal of Education Policy, 29(2), 217–241. https://doi.org/10.1080/02680939.2013.806995