XII Festival de Artes Circenses «Sueños a Color»
El sábado asistí junto a mis hijas y sobrinas al XII Festival de Artes Circenses «Sueños a Color», una jornada que prometía reunir a las familias en torno a la magia del circo y las distintas expresiones del arte. Acróbatas, malabaristas, payasos y artistas de diversas disciplinas ofrecieron un espectáculo que, por momentos, logró llenar el teatro de asombro, alegría y sonrisas. La magia del circo se hizo presente, especialmente en los rostros de los niños que asistieron con la ilusión de disfrutar de una experiencia artística y familiar.
Sin embargo, esa experiencia terminó marcada por una situación que considero preocupante: la utilización de un espacio cultural familiar para transmitir consignas políticas y mensajes de confrontación ideológica.
La pareja de payasos encargada de animar el festival incorporó, durante buena parte del espectáculo, una narrativa centrada en el pueblo mapuche, sus expresiones, costumbres y lenguaje, invitando reiteradamente al público a participar y repetir las consignas propuestas. Esto me llevó a plantearme una primera pregunta: ¿por qué centrar el relato exclusivamente en el pueblo mapuche y no dar espacio también a otros pueblos originarios que forman parte de nuestra historia y diversidad cultural, como los atacameños, changos o diaguitas? Reconocer a nuestros pueblos originarios es fundamental, pero esa valoración merece abordarse desde una perspectiva amplia, respetuosa y representativa de la diversidad que constituye nuestro país.
No obstante, lo más cuestionable ocurrió a medida que avanzaba el festival. Las intervenciones de los animadores comenzaron a incorporar consignas explícitamente políticas, como «¡NO A LOS RECORTES EN CULTURA!», «¡TENEMOS HAMBRE!» y «¡NO AL PRESIDENTE QUIDOZ!», «¡ Fuera KAST!» según recuerdo de lo expresado durante el espectáculo, además de llamados al público a manifestar su rechazo al Gobierno. A ello se sumó una frase que me resultó especialmente preocupante: «EL 12 DE OCTUBRE CELEBRAMOS EL GENOCIDIO AL PUEBLO MAPUCHE».
Lo que debía ser una jornada dedicada al arte y al entretenimiento familiar terminó convirtiéndose, a mi juicio, en un espacio de intervención política. Bajo el disfraz de payaso, el animador conocido como Cachupín utilizó su rol y la cercanía que genera este personaje para instalar un discurso ideológico que, lejos de promover el encuentro, contribuyó a tensionar un espacio que debiera ser inclusivo y respetuoso de las distintas miradas.
Ante lo ocurrido, hay dos reflexiones que considero indispensables.
1. Los espacios culturales deben respetar la diversidad y la libertad de las familias.
Los espacios comunes deben ser lugares de encuentro, respeto y convivencia, donde las diferencias políticas, religiosas y culturales puedan coexistir sin que ninguna visión pretenda imponerse sobre las demás.
Las familias que asistimos al festival lo hicimos libremente, confiando en la convocatoria difundida por la organización y con la intención de compartir una experiencia artística con nuestros hijos. En ningún momento entendí que estábamos asistiendo a una actividad de carácter político ni que el espectáculo estaría atravesado por consignas de confrontación ideológica.
Como madre, considero que tengo el derecho de decidir cuándo, cómo y en qué contexto mis hijas son expuestas a determinados discursos políticos. No se trata de negarles el acceso a distintas ideas ni de desconocer la importancia de la educación cívica, sino de respetar el rol de los padres y el derecho de los niños a disfrutar de una actividad cultural sin convertirse, involuntariamente, en receptores de mensajes políticos promovidos desde un escenario.
La infancia merece ser protegida, y esa protección también implica comprender que el entretenimiento familiar no debe utilizarse como vehículo para instalar discursos que los adultos no han elegido escuchar ni compartir con sus hijos.
Por ello, la Casa de la Cultura y la Corporación Cultural de Talagante tienen la responsabilidad de informar con claridad el propósito y el contenido de sus actividades. La transparencia no es un detalle administrativo: es una condición básica para que las personas puedan decidir libremente en qué espacios participar. Cuando una actividad se promociona como un festival artístico familiar, pero incorpora intervenciones políticas que no fueron advertidas previamente, se genera una legítima sensación de engaño y desconfianza.
2. El financiamiento público de la cultura debe estar al servicio de toda la ciudadanía.
En relación con las consignas «¡NO A LOS RECORTES EN CULTURA!» y «¡TENEMOS HAMBRE!», reconozco que no tengo claridad suficiente respecto de su alcance, sus fundamentos ni las partidas específicas a las que se hacía referencia. Precisamente por eso, considero que estos asuntos deben discutirse con información verificable, argumentos y transparencia, y no mediante consignas instaladas en medio de una actividad familiar.
Lo que sí tengo claro es que los recursos públicos pertenecen a todos los chilenos, independientemente de sus preferencias políticas, creencias religiosas o visiones de sociedad. Por lo mismo, su utilización en actividades culturales debe responder al interés general y no convertirse en una plataforma para promover posiciones partidistas o agendas ideológicas particulares.
La cultura no pertenece a la izquierda ni a la derecha. Tampoco es patrimonio exclusivo de una determinada corriente de pensamiento. Pertenece a la ciudadanía, a sus artistas, a sus comunidades y a la diversidad de expresiones que construyen nuestra identidad nacional.
El arte tiene, sin duda, la capacidad de cuestionar, incomodar y abrir debates. No pretendo desconocer esa dimensión ni exigir que la cultura sea ajena a la realidad social. Sin embargo, existe una diferencia importante entre promover la reflexión crítica a través del arte y utilizar una actividad familiar como escenario para convocar al rechazo de un Gobierno o instalar consignas políticas sin que el público haya sido informado de ese enfoque.
Las organizaciones culturales que reciben recursos públicos tienen una responsabilidad especial: garantizar espacios abiertos a la diversidad, proteger la libertad de pensamiento y evitar que sus actividades se transformen en instrumentos de propaganda. La pluralidad no consiste en reemplazar una ideología por otra, sino en permitir que distintas visiones puedan expresarse sin apropiarse de espacios que pertenecen a todos.
La cultura, el arte y las tradiciones de nuestros pueblos originarios son parte de Chile. No necesitan ser apropiados por ningún sector político para tener valor. Su riqueza reside, precisamente, en la diversidad, la memoria, la identidad y la libertad con que cada persona y comunidad puede interpretarlos.
La transparencia y la honestidad son fundamentales para defender nuestra democracia y fortalecer la confianza en las instituciones. Si el festival contemplaba una orientación política determinada, lo correcto habría sido comunicarlo de manera clara y anticipada. Así, cada familia habría podido decidir libremente si quería asistir y exponer a sus hijos a ese tipo de intervenciones.
Por eso, espero que la Corporación Cultural de Talagante tenga la responsabilidad y la transparencia necesarias para informar con claridad los objetivos y contenidos de sus actividades. La ciudadanía merece saber qué se está organizando, con qué propósito y bajo qué criterios se utilizan los recursos públicos.
Me fui del festival con una profunda sensación de amargura. No por el trabajo artístico en sí, cuyo valor no pretendo desconocer, sino por la impresión de que el esfuerzo de tantos artistas quedó relegado a un segundo plano frente a un discurso político que terminó dominando la jornada. Tampoco me corresponde afirmar si todos los artistas compartían esas consignas; precisamente por eso, considero importante distinguir entre su trabajo y el uso que se hizo del escenario.
Una actividad que prometía color, alegría y encuentro familiar terminó, al menos para mí, convertida en una experiencia de desencanto. Porque cuando la política se introduce sin advertencia en espacios destinados a la convivencia familiar, no solo se compromete la confianza del público: también se corre el riesgo de instrumentalizar el arte y a quienes lo hacen posible.
Y a usted, señor Cachupín, le digo lo siguiente: si quiere hacer propaganda política, tenga la valentía de sacarse la nariz de payaso y hacerlo a cara descubierta. La libertad de expresión es un derecho que debemos defender todos, pero también exige honestidad respecto de las intenciones con las que utilizamos los espacios, los personajes y la confianza de las personas.