Hay algo profundamente contradictorio en lo que ocurre cada mañana en los colegios de El Monte y, en general, en los de Chile: les pedimos a niños y jóvenes del siglo XXI que aprendan con métodos del siglo XIX, para empleos que el siglo XX consolidó y que el siglo XXI ya está destruyendo. No es hipérbole. Es la descripción más precisa que puede hacerse del estado actual de nuestro sistema escolar frente a la irrupción de la inteligencia artificial.
El Foro Económico Mundial (2023) estima que el 65% de los niños que hoy ingresan a la escuela primaria trabajarán en empleos que aún no existen. Al mismo tiempo, McKinsey Global Institute (2023) proyecta que entre 75 y 375 millones de trabajadores en el mundo deberán cambiar de categoría ocupacional antes de 2030. En Chile, las carreras más vulnerables a la automatización son precisamente las que concentran la demanda de los sectores populares: contabilidad, secretariado, transporte, manufactura rutinaria y servicios de atención básica.
El Monte, con una economía local basada en agricultura, pymes y comercio, no es la excepción. La neurociencia del aprendizaje entrega señales claras sobre qué debe cambiar. Immordino-Yang (2016) demuestra que el aprendizaje profundo y transferible —el tipo que permite adaptarse a nuevos contextos en lugar de repetir rutinas— requiere activar circuitos emocionales y narrativos que la educación tradicional sistemáticamente suprime. Memorizar fórmulas o aplicar algoritmos prefijados no construye esas rutas neurales. Las construye la resolución de problemas reales, la creación, la colaboración y la reflexión crítica.
Exactamente lo que la IA no puede —o no puede aún— hacer mejor que un ser humano motivado. Las carreras que se crearán en las próximas décadas exigen perfiles que hoy casi no tienen cabida en el currículum chileno: diseñadores de experiencias digitales, analistas de bienestar en entornos artificiales, especialistas en ética de algoritmos, mediadores entre sistemas de IA y comunidades humanas, terapeutas de identidad digital. Ninguna de esas áreas requiere saber multiplicar en columnas o conjugar verbos irregulares en inglés a través de listas. Requieren pensamiento sistémico, empatía, creatividad y flexibilidad cognitiva.
El desafío para El Monte —y para Chile— es doble. Primero, actualizar el currículum con competencias digitales reales, no sólo aprender a usar PowerPoint. Segundo, y más difícil, transformar la cultura pedagógica de los docentes: pasar del rol de transmisor de contenidos al de facilitador de experiencias de aprendizaje. Eso requiere formación inicial y continua radicalmente distinta a la actual, tiempos de trabajo colaborativo y acceso real a tecnología. Si Chile no da este salto en la próxima década, no habrá SLEP ni reforma curricular que alcance. El país exportará cobre y hará el trabajo de baja complejidad que las naciones más avanzadas ya no quieren. La diferencia entre ser país exportador de materias primas o país exportador de inteligencia se decide hoy, en una sala de clases de El Monte o de cualquier otro rincón de Chile.
Referencias
Foro Económico Mundial. (2023). The future of jobs report 2023. WEF. https://www.weforum.org/reports/the-future-of-jobs-report-2023
Immordino-Yang, M. H. (2016). Emotions, learning, and the brain: Exploring the educational implications of affective neuroscience. W. W. Norton & Company.
McKinsey Global Institute. (2023). A new future of work: The race to deploy AI and raise skills in Europe and beyond. McKinsey & Company.
OCDE. (2023). PISA 2022 results: Creative minds, creative schools (Vol. III). OECD Publishing. https://doi.org/10.1787/765cc27b-en Schleicher, A. (2018). World class: How to build a 21st-ce