Las semillas siempre estuvieron aquí
Hace unos días asistí a la celebración de los 24 años del Centro Cultural Senderos de El Monte. Fui a presenciar una gala artística y terminé encontrándome con algo mucho más profundo: la expresión viva de una comunidad que ha sabido construir, con esfuerzo y perseverancia, un espacio donde la cultura pertenece verdaderamente a su gente.
El Monte es una comuna de profundas raíces campesinas, marcada por generaciones de trabajo y sacrificio. Ha estado cerca de Santiago, pero demasiadas veces lejos de sus oportunidades. Una tierra que conoció el dominio de las haciendas y cuyos habitantes aprendieron, generación tras generación, a cultivar lo que tenían sin esperar que nadie viniera a traerlo desde afuera. Allí se vive lo más simple de la vida. Y allí encontré una de las expresiones culturales más genuinas que he visto en mucho tiempo. Don Carlos Olivares comenzó en 2002 con 23 alumnos y una presentación en la plaza. Sin financiamiento garantizado, sin infraestructura, sin el respaldo de ninguna agenda política. Solo la convicción de que en esa tierra había semillas que nadie había sabido regar.
Dos décadas después, Senderos atiende a trescientas personas cada semana: niños que descubren la música, jóvenes que desarrollan sus talentos, adultos que transmiten sus conocimientos, personas mayores que mantienen vivas las tradiciones. Un edificio que antes era un basural es hoy un centro cultural que los propios vecinos cuidan. Lo que hace extraordinaria su obra no es sólo la perseverancia, es lo que convoca.
Sobre ese escenario no había militantes de ninguna causa, ni seguidores de ninguna corriente. Había familias, manos bendecidas tocando el violín y el piano, una abuela que reconoce en la cueca algo de su propia historia, un adolescente que encontró en la orquesta un lugar donde pertenecer. La cultura de Senderos no divide a las personas según lo que piensan: las reúne por lo que son. Eso, en el Chile de hoy, no es poco.
Hay algo profundamente campesino en esa obra. El hombre de campo sabe que la cosecha no nace por decreto ni se consigue trayendo desde lejos lo que ya puede germinar en casa. Hay que preparar el suelo, sembrar, cuidar y esperar. La mayor riqueza de un pueblo no está en lo que recibe desde fuera, sino en lo que es capaz de cultivar desde dentro. Don Carlos lo entendió antes que nadie, y lleva veinticuatro años demostrándolo. Y entonces me pregunté. ¿Por qué una experiencia como esta parece tan distinta de ciertas expresiones que, en nombre de la cultura, reciben enorme atención pública?
Durante años, ciertos sectores han promovido una concepción del arte que privilegia la provocación política y el cuestionamiento de los símbolos que una parte importante de los chilenos considera propios. Una bandera nacional utilizada de manera escatológica, una puesta en escena. Opinión cuyo propósito parece ser la burla de la fe, una representación que convierte las convicciones de otros en objeto de desprecio, todo eso puede presentarse como ejercicio de libertad artística. Pero la libertad de expresión no vuelve automáticamente valiosa toda expresión, ni la provocación garantiza calidad, profundidad ni mérito cultural.
El resultado es predecible: las familias dejan de ir. Es el mismo fenómeno que las barras bravas produjeron en el fútbol, no acabaron con el deporte, pero expulsaron de los estadios a quienes deberían ser parte esencial de él. Cuando ciertos espacios culturales parecen diseñados para una minoría que comparte determinados códigos y consignas, la ciudadanía común siente que ese espacio ya no le pertenece. Y tiene razón. Aquí surge una pregunta que las instituciones deberían estar dispuestas a responder. ¿Con qué criterios se distribuyen los recursos del Estado? ¿Se evalúa la calidad artística, la formación de audiencias, el acceso de las comunidades? ¿O termina pesando más la afinidad ideológica con quienes administran esos recursos?
El financiamiento público no debería funcionar como premio a una corriente política. Debe ampliar oportunidades, especialmente para quienes tienen menos posibilidades de participar. Proyectos como Senderos, que llevan décadas construyendo comunidad sin escándalo y sin consignas, merecen esa consideración más que nadie. Por eso salí de esa gala con una convicción renovada. La cosecha de don Carlos no se mide en canciones ni en presentaciones. Se mide en personas, en familias que participan, en generaciones que se encuentran, en una comunidad que aprende a reconocer el valor de lo que ella misma es capaz de crear. En un país que parece empeñado en encontrar todo lo que lo divide, Senderos lleva veinticuatro años construyendo lo que nos une. Eso también es épica. Quizás la más difícil de todas.