Camilo Escalona Medina murió este viernes 4 de septiembre a los 71 años, tras enfrentar un cáncer. Hasta sus últimos días se desempeñó como secretario general del Partido Socialista, colectividad a la que ingresó cuando tenía apenas 13 años. Fue diputado, senador, tres veces presidente del PS y presidente del Senado entre 2012 y 2013. El Senado destacó su aporte al diálogo democrático y al respeto por las instituciones republicanas.
Su muerte deja también el testimonio de una disputa que atravesó a la izquierda chilena durante las últimas décadas: qué hacer con la institucionalidad construida durante el régimen militar y, posteriormente, administrada y reformada por los gobiernos de la Concertación.
La Concertación tomó una decisión política fundamental tras el triunfo del No en 1988: llegar al poder sin provocar un quiebre institucional. El propio Escalona reconocería años después que, aunque muchos dentro de la oposición habían aspirado a una ruptura mayor con los llamados enclaves autoritarios, aquello finalmente no ocurrió. La institucionalidad existente no colapsó y el Estado tampoco se derrumbó. La transición avanzó mediante reformas sucesivas y dentro de los cauces institucionales.
Ese modelo terminó siendo cuestionado por una nueva generación de la izquierda.
Durante los años posteriores, especialmente desde la irrupción del movimiento estudiantil de 2011, comenzó a ganar fuerza la idea de que la transición había sido insuficiente y que la Constitución debía ser reemplazada mediante una Asamblea Constituyente.
Escalona se opuso.
En 2012, cuando presidía el Senado, sostuvo que Chile enfrentaba un debilitamiento de la política, pero no una crisis institucional que justificara una Asamblea Constituyente. Para él, la oposición debía concentrarse en recuperar mayorías y realizar reformas desde el sistema democrático. Fue entonces cuando calificó la discusión constituyente como una suerte de “opio”.
La frase provocó críticas, pero detrás de ella había una concepción política que Escalona mantendría hasta el final: las transformaciones no se sostienen sin mayorías y la democracia no admite atajos.
En 2016 lo expresó con mayor claridad en su texto “Nuestro camino es la democracia”. Allí criticó la radicalización de sectores de izquierda, la intolerancia frente a opiniones distintas y el desprecio por la vía institucional. También advirtió que mientras mayores fueran las reformas buscadas, mayor debía ser la fuerza social capaz de respaldarlas.
Paradójicamente, Escalona terminaría apoyando el proceso constitucional iniciado después del estallido de 2019. Su posición, sin embargo, no significó abandonar aquella preocupación original.
Apoyó el Apruebo en 2022, pero posteriormente cuestionó duramente el comportamiento de sectores de la Convención Constitucional. Para el histórico socialista, la izquierda no podía interpretar el proceso constituyente como una autorización para desconocer la trayectoria democrática del país ni para convertir la transformación institucional en una disputa refundacional.
Así, la trayectoria de Escalona permite observar el desplazamiento experimentado por la izquierda chilena. El socialismo que participó de la Concertación aceptó gobernar dentro de una institucionalidad heredada, reformándola gradualmente y privilegiando los acuerdos. La izquierda que emergió con fuerza después de 2011 comenzó, en cambio, a cuestionar ese mismo proceso, hasta convertir la sustitución del orden constitucional en una de sus principales banderas.
Escalona quedó en medio de esa transformación.
Fue un socialista formado antes del golpe, opositor a Pinochet, protagonista de la transición y dirigente de la Concertación. Pero también fue uno de los primeros dirigentes de su sector en advertir que la radicalización podía terminar debilitando aquello que la propia izquierda había contribuido a construir desde 1990: estabilidad, alternancia democrática y capacidad de alcanzar acuerdos.
Su legado, junto a la antigua Concertación, fue haber defendido la institucionalidad heredada del gobierno de Pinochet y haber impulsado a Bachelet a la presidencia, quien terminó radicalizando a la izquierda, dando fin a los mejores años de estabilidad en nuestro país. A pesar de que quiso no repetir los quiebres del pasado, impulsó transformaciones que llevaron a Chile a estar al borde del quiebre institucional en 2019.
Y cuando una nueva izquierda comenzó a considerar insuficiente ese camino, Escalona volvió a ocupar el lugar incómodo de quien advertía que para cambiar un país no basta con tener razones para hacerlo: también hay que conseguir una mayoría dispuesta a acompañar el cambio.
Foto: Biblioteca del Congreso Nacional de Chile / Wikimedia Commons (CC BY-SA 2.0)