A los 18 años, Belén dejó Chillán y llegó a Santiago para estudiar en la Universidad de Chile. Hasta entonces había pasado por establecimientos municipales y subvencionados, pero en ninguno recuerda haber recibido educación financiera. Tampoco había adquirido la costumbre de ahorrar o llevar un control detallado de sus gastos.
La mudanza la obligó a aprender rápidamente. Vivir sola significaba pagar las cuentas del departamento, organizar las compras y distribuir un presupuesto que no siempre alcanzaba para responder a las obligaciones y mantener una vida social.
“Intento no gastar, pero hay veces en las que uno está con amigos y surgen panoramas en los que a uno le gustaría participar. A veces no salgo porque no tengo plata y es porque no sé administrarla”, cuenta.
Actualmente tiene 22 años y cursa su último año de carrera. Durante 2026 solicitó a una entidad bancaria un crédito inferior a $500 mil. La operación fue aprobada sin mayores dificultades, pero Belén reconoce que al contratarlo no comprendía completamente cómo funcionaba la tasa de interés.
Después llegó el cobro de las cuotas. Una parte de sus ingresos quedó comprometida mensualmente y tuvo que adaptar el resto de sus gastos al dinero disponible. “Tuve que apretarme el cinturón”, resume.
Su historia no demuestra que la ausencia de educación financiera provoque necesariamente endeudamiento. Tampoco significa que todos los créditos sean perjudiciales. Lo que expone es una situación más cotidiana: comenzar a tomar decisiones financieras relevantes sin dominar completamente sus costos y consecuencias.
Una enseñanza que existe en el papel
Desde mayo de 2018, la educación financiera forma parte de los objetivos generales establecidos para la enseñanza media. La Ley 21.092 señala que los estudiantes deben conocer y aplicar conceptos y técnicas financieras básicas, además de desarrollar prácticas que favorezcan su bienestar económico personal y familiar.
Los contenidos también aparecen en el currículum escolar. En primero medio, Historia, Geografía y Ciencias Sociales considera el funcionamiento del mercado, los instrumentos de ahorro e inversión y el consumo informado. En cuarto medio, Matemática contempla la toma de decisiones mediante porcentajes, tasas de interés e índices económicos.
Sin embargo, en la educación regular no existe una asignatura autónoma y obligatoria de educación financiera para todos los estudiantes. Los aprendizajes se encuentran repartidos entre diferentes materias y objetivos curriculares, lo que puede traducirse en experiencias distintas según el establecimiento, los docentes y las asignaturas electivas disponibles.
La diferencia no está solamente entre quienes asistieron o no al colegio. También aparece entre quienes recibieron enseñanzas prácticas en sus hogares y quienes tuvieron que aprender cuando ya administraban un sueldo, pagaban cuentas o enfrentaban su primera deuda.
Una radiografía elaborada en 2025 por el Centro de Políticas Públicas de la Universidad Católica, con apoyo de Banco Falabella, ayuda a dimensionar esa contradicción. El estudio, basado en 1.502 encuestas, encontró que las personas de 18 a 34 años eran el grupo con mayor inclusión financiera, alcanzando 58,4 puntos en una escala de 0 a 100. Sin embargo, su índice de educación financiera llegaba solamente a 39,1 puntos.
La mayoría tampoco identificó a la educación formal como su principal fuente de aprendizaje. Dentro del mismo tramo etario, el 40% dijo aprender mediante su experiencia personal; el 19%, a través de familiares o amigos; el 13%, por redes sociales; y solo el 12% mencionó la educación formal. Los resultados completos están disponibles en la Radiografía a la educación e inclusión financiera en Chile.

Aprender antes de equivocarse
Javiera tuvo una experiencia diferente. Tiene 23 años, acaba de titularse y comenzó a trabajar durante su adolescencia. En su familia, tanto a ella como a su hermano menor les enseñaron que incluso con ingresos reducidos era necesario reservar algo.
La regla era sencilla: tratar de guardar aunque fueran $10 mil de cada sueldo.
Ese aprendizaje familiar le permitió desarrollar tempranamente el hábito del ahorro, pero no reemplazó completamente la formación que esperaba encontrar en el colegio. Javiera recuerda que su educación financiera escolar fue débil. En algunos electivos de economía aprendió sobre las funciones del Banco Central y de las instituciones bancarias, aunque desde una perspectiva general y alejada de las decisiones que una persona debe tomar en su vida cotidiana.
La experiencia cambió en la universidad. Allí cursó una asignatura de educación financiera y participó junto con otros estudiantes en una actividad vinculada a la Comisión para el Mercado Financiero. Aprendió qué son los depósitos a plazo y los denominados superavances, cómo funcionan las tarjetas de crédito y qué diferencias existen entre distintos instrumentos de ahorro.
Para Javiera, esos contenidos deberían impartirse antes.
Muchos adolescentes comienzan a trabajar cuando todavía están en el colegio con permisos notariales, sostiene, y reciben sus primeros ingresos sin saber necesariamente cómo distribuirlos. A ello se suma que, al ingresar a la educación superior, algunos bancos comienzan a ofrecer cuentas y tarjetas a estudiantes que hasta entonces nunca habían contratado un producto financiero.
Tener una tarjeta de crédito no garantiza ni constituye por sí mismo un requisito para acceder posteriormente a un crédito hipotecario. Las instituciones evalúan la situación crediticia, las deudas vigentes, el comportamiento de pago y, especialmente, la capacidad de una persona para responder a la obligación. La CMF explica que estas condiciones pueden determinar tanto la aprobación como las características del financiamiento ofrecido.
Lo aprendido por Javiera le permitió entender que las decisiones adoptadas al comienzo de la vida financiera pueden tener efectos posteriores. También muestra la diferencia que puede producir una formación práctica: ella conoció el funcionamiento del crédito antes de necesitarlo y no después de haberlo contratado.

Internet como sala de clases
Diego tiene 22 años y también cursa el último año de su carrera. En el colegio nunca recibió educación financiera y en su familia tampoco existía una tradición de enseñanza sobre ahorro, presupuesto o uso del crédito.
Lo que sabe lo aprendió conversando con personas mayores y buscando información en internet.
Para él, las redes sociales pueden convertirse en un “aliado” cuando alguien quiere aprender algo nuevo. A través de esos contenidos conoció el concepto de los “gastos hormiga”: desembolsos de bajo monto que parecen inofensivos por separado, pero que pueden ocupar una parte considerable del presupuesto cuando se acumulan.
Diego comenzó a identificar esos gastos, reducir algunos y generar ahorros. Su experiencia muestra el lado útil de las plataformas digitales: conocimientos que antes podían estar restringidos a especialistas, establecimientos educacionales o familias con mayor experiencia ahora están disponibles para cualquiera que los busque.
Pero el aprendizaje mediante redes sociales también presenta riesgos. En un mismo espacio conviven contenidos educativos, publicidad, recomendaciones interesadas y promesas de ganancias que no siempre explican sus costos o probabilidades de pérdida. La capacidad de distinguir entre esas fuentes se ha convertido en una nueva dimensión de la educación financiera.
El estudio de la Universidad Católica muestra que los jóvenes recurren más a canales digitales, pero eso no significa que comprendan mejor todos los productos disponibles. Una medición anterior de la CMF y CAF constató que el conocimiento financiero digital de la población alcanzaba el 50,3%, por debajo del 62% observado en conocimientos financieros tradicionales. El informe de capacidades financieras de 2023 también detectó un retroceso en el comportamiento financiero respecto de la medición efectuada en 2016.
El desafío ya no consiste únicamente en enseñar qué es una cuenta de ahorro o una tasa de interés. También implica explicar cómo reconocer un fraude, evaluar una recomendación de inversión y comprender qué intereses existen detrás de un contenido financiero publicado en redes sociales.

Las primeras deudas
El endeudamiento no es necesariamente una señal de mala administración. Un crédito puede financiar estudios, enfrentar una emergencia o permitir adquirir un bien que no podría pagarse de inmediato. El problema aparece cuando se contrata sin comprender el costo total, la capacidad real de pago o los efectos de destinar parte importante de los ingresos futuros a una cuota.
La Décima Encuesta Nacional de Juventudes, realizada por el Instituto Nacional de la Juventud durante 2022, encontró que el 36,5% de las personas de entre 15 y 29 años tenía alguna deuda a su nombre, ya estuviera al día o vencida.
Las obligaciones más frecuentes correspondían a casas comerciales o supermercados, con un 19,9%; el Crédito con Aval del Estado, con un 11,6%; préstamos con familiares, amistades o personas conocidas, con un 8,8%; e instituciones bancarias o financieras, con un 7,1%.
Las experiencias de Javiera, Diego y Belén también advierten que hablar de “los jóvenes” como un grupo uniforme puede ocultar diferencias importantes. Algunos comienzan a administrar dinero con una familia que les enseña a ahorrar. Otros encuentran un curso durante la educación superior. También están quienes dependen de lo que logran encontrar en internet o aprenden cuando una cuota ya ocupa parte de su presupuesto mensual.
Una respuesta todavía fragmentada
Durante los últimos años, organismos públicos, universidades e instituciones financieras han impulsado cursos, portales y campañas. En 2025, por ejemplo, el Sernac y el INJUV ofrecieron un curso gratuito de diez horas que abordó presupuesto, ahorro, inversión, crédito y herramientas financieras digitales. La convocatoria contemplaba 2.000 cupos y se realizaba en modalidad virtual y asincrónica.
El primer Reporte de Actividades de Educación Financiera de la CMF, publicado en 2025, constató que entre 2020 y 2024 las iniciativas de las entidades supervisadas se dirigieron principalmente a adultos, jóvenes, emprendedores e inmigrantes. También concluyó que, pese a la continuidad de esas actividades, seguían existiendo brechas significativas y era necesario ampliar su alcance, fortalecer el ahorro y profundizar la alfabetización financiera digital.
La primera Estrategia Nacional de Inclusión Financiera también reconoce a los jóvenes como un grupo prioritario. Su ruta contempla 44 iniciativas durante cuatro años, incluyendo capacitación docente, actualización curricular, materiales pedagógicos, talleres regionales e investigaciones sobre la relación de las juventudes con las nuevas tecnologías financieras. Los compromisos pueden consultarse en el Ministerio de Hacienda.
La existencia de cursos y campañas es un avance, pero no asegura que todos los estudiantes reciban una formación continua ni que los aprendizajes sean evaluados de la misma manera. Tampoco resuelve una pregunta central: si la educación financiera ya está reconocida por la ley, ¿por qué tantos jóvenes siguen identificando a la experiencia personal, la familia o las redes sociales como sus principales fuentes de aprendizaje?
Para Belén, la respuesta todavía se traduce en decisiones diarias. Pagar la cuota de su crédito, cubrir las cuentas del departamento y decidir si puede participar en una salida con amigos forman parte del mismo presupuesto. Ella reconoce que todavía le cuesta organizarse y que le gustaría contar con más herramientas.
Diego encontró algunas de esas respuestas en internet. Javiera las recibió primero en su casa y después en la universidad. Sus historias no permiten representar a toda una generación, pero sí muestran la desigualdad con la que se aprende a manejar el dinero.
Chile incorporó la educación financiera en la ley, pero su enseñanza práctica todavía depende demasiado del hogar en que alguien creció, del establecimiento al que asistió y, cada vez más, de lo que un algoritmo decida mostrarle.
Imagen generada con Inteligencia Artificial. El Carrerino 2026.