Cuando hablamos de trauma normalmente pensamos en eventos de gran magnitud que suceden en un momento especifico de la vida y que podemos reconocer fácilmente: Un accidente, una pérdida abrupta, una experiencia de violencia, catástrofes naturales, etc. Esto es lo que se conoce en Psicología como el trauma con “T” mayúscula y son eventos que desbordan nuestra capacidad de respuesta y quedan grabados como una marca intensa en la memoria y el cuerpo.
Pero también existe otro tipo de trauma, más silencioso y muchas veces más persistente: el trauma vincular o relacional, ese que sucedió en el día a día de nuestras relaciones de apego tempranas, ósea con nuestros cuidadores, sean padres, abuelos, tíos o más. No ocurre necesariamente en un solo momento, sino en la repetición y es el tipo de trauma que realmente afecta a la gran mayoría de las personas, pero como no tiene un inicio ni un final claro y ocurre de manera más constante, podemos tender a normalizarlo y no verlo como algo traumático, solo por el hecho de ser una experiencia cotidiana y esto es porque la mente adora lo conocido, aunque eso pueda ser doloroso.
El trauma vincular es lo que faltó, la ausencia de reconocimiento o validación, la ausencia de cuidado, la negligencia emocional, el no haber sido visto, escuchado o sostenido cuando más lo necesitabas, cuando eras más vulnerable, dejando una huella muy potente respecto de quien crees que eres, tu autoconcepto y tu amor propio, afectando tu confianza personal en el mundo. También es haber crecido bajo el paraguas de la crítica constante, la exigencia y el foco en los resultados sin una valoración del proceso.
Es el tipo de trauma que no deja titulares, pero moldea la forma en que nos relacionamos con otros y con nosotros mismos y se hace especialmente vivido en nuestra vida adulta, cuando al relacionarnos, no entendemos porque nos duele tanto un silencio, una distancia o el no sentirnos escuchados o atendidos, convirtiéndose en un lente que filtra lo que vemos y que puede distorsionar nuestra realidad.
Ambos tipos de trauma comparten algo esencial: el dolor que no pudo ser procesado en su momento. Este dolor no desaparece, se guarda, se transforma en tensión, en reacciones automáticas, en ansiedad, en depresión, en distancia, en dificultad para confiar o para sentirse suficiente. Y muchas veces intentamos silenciarlo, porque escuchar duele. Pero hay algo importante: el dolor también es una señal, no es solo un síntoma que hay que eliminar porque molesta, sino más bien, un mensaje que necesita ser atendido “Si hay tensión, préstale atención”
Cuando empezamos a escuchar ese dolor —sin juicio, con curiosidad— algo cambia. Lo que antes era solo sufrimiento comienza a transformarse en información. ¿Qué necesitaba en ese momento? ¿Qué me faltó? ¿Qué sigo necesitando hoy? Y de que manera puedo trabajarlo hoy y ser el adulto responsable para esa niña o niño que sufrió dolor. Aquí es donde el acompañamiento terapéutico se transforma en una herramienta esencial para conectar con esos puntos ciegos y al mismo tiempo con nuestros recursos.

Los recursos no son algo externo o lejano. Son capacidades que muchas veces quedaron opacadas por la experiencia traumática: la capacidad de sentir, de poner límites, de buscar apoyo, de regular nuestras emociones, de darnos cuidado.
El trauma nos desconecta, cierra nuestro corazón como defensa, pues cuando no tenemos herramientas para procesar lo vivido, la mente en un acto noble de protección bloquea los recuerdos y los envía al espacio del inconsciente y subconsciente, desde donde siguen ejerciendo influencia, pero desde la sombra, así que a la oscuridad hay que darle luz y a la inconciencia debemos darle conciencia.
Por eso, el acto de escucharnos, de validar lo vivido, de darle espacio al dolor, puede iniciar el camino de regreso a nuestro yo más auténtico y a los infinitos recursos que tenemos como seres humanos. No se trata de borrar lo ocurrido, se trata de integrar la experiencia sin que defina completamente quiénes somos, porque incluso en medio de la herida, hay algo que permanece intacto: la posibilidad de relacionarnos de otra manera con nuestra historia.
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